![]() GALEGOS NA DIÁSPORA 1989-2005
El Proyecto por
Delmi Álvarez
El “libro
de apeo y repartimiento de
suertes” M.Ferrer S.I., (Lanjarón 1572), es
una
edición donde aparecen os nombres de varios
gallegos que
participaron en la colonización de La Alpujarra granadina. Esta historia se escribe con el ruido de
fondo de una máquina de coser. Es mi madre, que prepara el
encargo de una amiga.
Llegó a los sesenta y ocho y no entiende de otra cosa más
que de coser, trabajar,
limpiar, pagar impuestos. Las vecinas suben al trece a pedirle
“Carmiña unas
cortinas. Carmiña puedes subir los bajos a un pantalón.
Carmiña puedes hacer un
faldón de recién nacido”. Esta historia se escribe con
ese ruido de fondo y el
del olor a aceite de máquina de coser (ahora creo que ya tiene
una automática,
eléctrica). El del aceite, es un olor que no puedo olvidar.
Recuerdo a mi padre
levantarse a las cinco de la mañana como otros obreros
más y caminar en la
oscuridad de la noche invernal hasta la factoría de Citroen. Lo
acompañé alguna
vez para poder escribir esa sensación. También
descubrí como una mañana los
grises, la policía de Franco, golpeaba a mi padre y otros
compañeros. Mi abuela Rosalía estaba casada con
Fernando Jiménez Ortega, el abuelo que llegó de la sierra
de la Alpujarra
granadina. Solo recuerdo de él que cada vez que mi madre me
metía en su cama
para darme calor mi abuelo me decía “niño, no me des
patadas”. Él con un
hermano de mi abuela se habían ido a Cuba y montaron un hotelito
en Cienfuegos.
A la vuelta conoció a mi abuela Rosalía y se casaron. No
tardaron mucho en
regresar a la isla caribeña. De vuelta en Vigo la vida con la guerra civil de fondo no daba para
mucho. Mi
abuelo
Fernando murió y dejó a tres niñas
creciendo. Mi abuela luchó para sacar adelante a la familia. Mi
madre me
contaba que cuando caían las bombas o había asaltos de
los soldados, se metían
en el sótano y se quedaban allí durante días, como
cualquier mortal
atemorizado. Mi abuela se sentaba a los pies de mi cama
y me contaba historias fantásticas de sus viajes, me acariciaba
el pelo
mientras me explicaba cuando montaba en burro, caballo en la aldea (era
de la Estrada) Se partía de risa antes que yo. Una vez nos
llevó a mi hermano
jorge y a mí a conocer la catedral de Santiago de Compostela.
Salimos de la
estación de ferrocarril de Vigo. El vagón era de madera,
muy antiguo y el
traqueteo inolvidable. Mi afición a viajar vino de ella. Era una
mujer
valiente, emprendedora y sincera. Y muy alegre y positiva. ¨Si no
tienes algo
de eso no se puede ir por el mundo adelante. Sal ahí afuera y se
tú, la gente
te tratará como tú quieres que te traten¨. En
el curso de
1974 estudiaba en el
instituto de Coia. Le había dicho a mi madre que si aprobaba
todas en junio o
me compraban una moto minimarcelino o me iba de vacaciones de verano a
Hannover, en Alemania. Allí vivían mis tíos y
padrinos. Tenía dieciséis tiernos
años. En aquel verano descubrí muchas cosas y
abrí los ojos todo lo que pude. Los días pasaban por
delante como páginas del
calendario. Escribí mis primeras líneas en alguna libreta
y eché en falta una
cámara de fotos. Desde aquel momento regresé a Alemania
cada verano. Vale
la pena
contar como fue aquella
odisea en el taxi del italiano, un
señor que se dedicaba a viajar a Alemania cada cierto tiempo
trayendo y
llevando cosas y gente de y para Galicia. El viaje se hacía en
un Mercedes Benz, negro, asientos imitación cuero, no recuerdo el modelo,
pero si que
tenía un volante blanco, y en el centro al pulsar en el medio
sonaba una bocina típica de los Mercedes. Salimos de Vigo y
recogió a una
mujer en Verín o Xinzo. Creo que su nombre era Beni. Esperamos a
que cayera
la noche para
acercamos a la frontera con Portugal y amparados por la obscuridad dos
hombres de raza africana subieron al coche, -boa noite-, dijeron, y
allí se quedaron en silencio hasta que llegamos a Francia donde
bajaron. Apenas hablaron. Brrrrrummmm!!,
me desperté sobresaltado por una tormenta
y los relámpagos en mitad de la noche. Aquella tromba de agua y
granizo, nos obligó a
parar en algún lugar de la planicie castellana
junto a un bar de
carretera. Uno de los hombres africanos bajó su ventanilla por
dónde entró un agradable olor a tierra mojada. Uno de
ellos le dijo al otro de
bajar. Me quedé enroscado como un gato dormilón y me
apoderé del asiento trasero, al menos por unos minutos. Entre
sombras recuerdo
todavía como el granizo salpicaba fuertemente sobre el techo y
el parabrisas del coche. El
sonido del
agua de lluvia que
caía con fuerza y a raudales por los cristales de las
ventanillas me daba protección y una sensación
única de ambiente de paz, pero aquello duraría poco. De
la parte delantera se escuchaban los ligeros susurros de la muchacha en
protesta or algo. Sin que se percatasen de mi presencia, me
incorporé un poco hacia adelante y ví como aquel hombre,
con diente de oro en su sonrisa se abalanzaba sobre la muchacha que se
oponía a sus deseos de tocamiento. Tosí, carraspeé
un poco, haciendome notar y sin quererlo mi mirada se encontró
con la de aquel tipo con cara de malas pulgas, no fueron ni tres
segundo, quizá un aviso de un mequetre de dieciséis
años a un macho tocón. Le reventé las ganas.
Giré mi cuerpo en el asiento buscando una
posición más cómoda y cerré los ojos otra
vez y puse oído fino para tdo lo que se movía en aquel
reducido espacio interior del auto. Pasaron unos minutos y se la
llevó a tomar
un café con
leche. Cuando regresaron no se hablaban y desde aquel momento no le
caí bien al italiano. Los africanos, que luego me neteraría que
eran
portugueses o caboverdianos sin papeles, se bajaron en algún
lugar de Francia, quizá París, no lo recuerdo
exactamente. Cuando llegamos a Hannover, Beni se
despidió de mí. Era guapa y alta, muy morena, con estilo,
y me dijo que me
llamaría algún día para ir a dar un paseo. Le
pregunté “te
encuentras bien?” Un día
llamó y fuimos hasta un parque y paseamos. No
hará mucho tiempo
encontré una foto en color de aquellos días y me
ví en la imagen como un
galopín esmirriao y chupao. Un todo huesos, alto y con cara de
niñato.
Desde
que tuve el primer contacto con el
mundo de la emigración hasta hoy nunca dejé de tener la
sensación de
no ser de ningún lado, solo un ciudadano del mundo más.
En algunas conferencias lya me habían preguntado por las ansias
de estar siempre viajando, y yo les contesté, que como
decían muchos cólegas de profesión, soy un culo inquieto.
Parte
de mi familia ha estado
en la emigración, mis tíos en Alemania, mis abuelos en
Cuba, también los amigos. La Diáspora Gallega es
Universal y han sido muchos los escritores, que han gastado tinta y
papel para
hablar de este fenómeno social, que todavía hoy
continúa
en cualquier esquina de nuestro maltratado planeta. La Humanidad,
desde sus orígenes, ha estado condenada a migrar de un lado para
otro, y por muchos y vdiferentes motivos.
Había estudiado alemán para poder entenderme con los alemanes cada vez que iba a visitar a mis tíos. El conocimiento de idiomas nos da poder para entender a la sociedad en la que queremos integrarnos. A los veintitantos me fuí a Suiza a completar estudios y la experiencia fué desastrosa, como hecho en sí. Padecí lo que todos los emigrantes sufren cuando llegas a un país que no conoces; limpié WC, saqué la costra de auténtica mierda de otros, sentí de cerca el racismo, la discriminación, la miseria, la compasión de otros emigrantes, su dulzura, su afecto, sus raíces y sus culturas. Eramos caboverdianos, portugueses, un turco y un gallego. Galegos na Diáspora nació de toda esa suma de factores que me rodearon cuando niño, los tíos que llegaban de Hannover con regalos, con un Mercedes Benz nuevo cada verano, mi abuela Rosalía que me contaba sus aventuras por Cuba y más tarde, cuando me tocó sufrí hasta hoy en día la condena de no poder ver las puestas de sol en Samil, o tomar un café con Luis, de no poder ver a mis hermanos, de no discutir con mi padre sobre la política o con mi madre por cualquier cosa. Uno echa de menos todo eso cuando está fuera de su tierra, y lo valora cuando no lo tiene. Amar nuestra cultura y estar orgullosos de lo que somos, de doonde nacimos, de nuestra lengua, de nuestros paisanos, del olor a tierra mojada cuando llueve, del olor a mar, es estar pidiendo a gritos que la emigración se termine para todos, pero desgraciadamente el sistema nos atrapa y nos obliga, nos subyuga: emigrar para sobrevivir y lograr dignificación humana. Mi madre sigue cosiendo. Ruido de fondo de una máquina, olor a aceite en el aire, una radio hace compañía. “Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen”. Julio Anguita al conocer la muerte de su hijo en el frente de Bagdad, el día 8 de abril de 2003. Go back Diaspora ![]() Designed and Developed by ![]() The Global Camera |