Editorial
Ni el más
vil de los asesinos merece la pena de muerte
El Mundo (21/11/04, 10.17 horas)
Cuando acaban de cumplirse tres
años del vil asesinato de nuestro compañero Julio Fuentes
en la polvorienta carretera que une Kabul con Jalalabad, llega la
noticia de que unos de sus verdugos, el joven Reza Khan, ha sido
condenado a muerte. De hecho, el Tribunal de Seguridad Nacional afgano
también considera probado que Khan violó a la periodista
del Corriere della Sera María Grazia Cutuli -a la que luego
asesinó junto a Julio y sus otros dos compañeros de
viaje-, y que también mató a su propia esposa y
asaltó un autobús y cortó a sus pasajeros la nariz
y las orejas.De ser ciertos estos horribles hechos -la condena no es
firme y por lo tanto podrá ser recurrida- estaríamos ante
un ser verdaderamente monstruoso de quien la sociedad debe ser
protegida. Sin embargo, quienes cayeran en la tentación de
pensar que no tiene derecho a seguir viviendo cometerían un
error de bulto. La pena de muerte es una aberración que no
merece ni el más despreciable y abyecto de los asesinos.
España abrazó la civilización cuando en la
Constitución del 78 abolió la pena capital y a principios
de los 90 la suprimió también de su Código Penal
Militar. El sistema de convivencia y las garantías que nos hemos
procurado debemos desearlo también para otros países,
incluido el violento Afganistán. Los argumentos en contra de la
pena de muerte son muchos e incontestables. Para empezar, las
estadísticas desmienten el viejo tópico de que es
útil como método preventivo del delito. El índice
de criminalidad no es inferior en aquellos estados como Texas que
todavía mantienen la pena capital que en aquellos otros que han
tenido el buen juicio de eliminarla. Incluso hay casos como el de
Canadá o la propia España donde la supresión de la
pena de muerte vino acompañada de una disminución de las
violaciones y los asesinatos.
También se equivocan quienes se empeñan en sostener que
la persona que no ha respetado la vida de otra debe pagar por ello con
la propia. La pauta del «ojo por ojo, diente por diente»
coloca al Estado que se erige sobre el principio de que la vida humana
es el bien más sagrado en el mismo nivel del asesino y frente a
una contradicción insalvable. Como bien apuntan los
abolicionistas, «la pena de muerte no borra el crimen, sino que
lo repite».
A ello hay que añadir otra consideración no menos
importante.La pena de muerte es un castigo irreversible e irreparable,
lo que puede alcanzar tintes verdaderamente trágicos en el caso
-no tan infrecuente como se ha hecho creer- de error judicial.Aunque
sea una verdad de Perogrullo, no está de más recordar que
los magistrados no son máquinas perfectas sino seres humanos que
en ocasiones se equivocan y que, por tanto, no deben estar legitimados
para acabar con una vida humana.
Es por todo esto que, en caso de que la sentencia contra Khan sea
confirmada, EL MUNDO, en sintonía con los más directos
familiares de las víctimas y desde el profundo dolor por el
asesinato de un compañero, solicitará formalmente a las
autoridades afganas que conmuten la pena de muerte por la condena de
reclusión más severa de todas las que contempla su Ley.