© DELMI ALVAREZ



02 de diciembre 2003
12.00hs.

Los oficiales nos pidieron la credencial de prensa y el pasaporte a la entrada. Adiviné que tras aquel cristal había alguien que ya nos vigilaba. Era un territorio  comanche, tú no ves a nadie pero todos te ven a ti. La prisión era aquella hora de la mañana una pequeña ciudad con un puñado de almas arrastrando sus pecados alrededor de un jardín sin flores.

El humo negro que vomitaba una gran chimenea contrastaba con un fondo de cielo gris. Un oficial abrií la puerta de un despacho y apareció ante mí el jefe del lugar, Valdis Burnens que me hizo alguna sugerencia sobre las reglas para fotografiar a los reclusos "debe respetar a aquellos que no deseen ser fotografiados" me aclaró.

En un aserradero próximo a esta oficina, una docena de jovenes trabajaban cortando madera, apilándola y embalándola para su transporte. Aunque había realizado otros reportajes en diferentes prisiones, no tenía muy claro si los habitantes de aquel lugar iban a aceptar mi presencia y curiosidad. Le expliqué a Gita, la secretaria del jefe que hizo las veces de intérprete en exquisito y correcto inglés, mis intenciones acerca del proyecto. Gracias a su actitud de buena decisión y amabilidad empezó a preguntar a la gente si podía hablar con ellos y fotografiarlos trabajando (para Gita era una nueva experiencia, no había estado anteriormente allí, me dijo). Dos de los condenados accedieron a ser fotografiados, otros me dieron la espalda, algunos se llegaron a preguntar: unos periodistas en la prisión?

Alexanders Kazanstuna construye músculos en uno de los lugares destinados a  deportes. Ha dado su conformidad para que le haga algunas preguntas y un par de fotos. "Pero las fotos que sean con otras mancuernas más pesadas", me dice. Cerca de él, un hombre mucho más mayor hace unas series en las barras paralelas para fortalecer hombros.
En el camino a uno de los pabellones donde se cuece la vida diaria (además de estar allí el comedor y la cocina) nos salen al paso dos presidiarios, y como es de esperar hacen algunas preguntas. Quieren hablar e Ivanovs uno de ellos, quiere que le haga unas fotos para enviar a su madre. No me da permiso para publicarlas pero si puedo contar su historia. Le quedan cuatro meses antes de salir. Haris va  a la iglesia a diario Es de Venspils. 

Uldis dice que hay 10.000 libros en la biblioteca de la prisión que está a su cargo. En este lugar huele a libro y a papel viejo, porque debe ser el peso de la historia, supongo, el de la tinta de cada hoja. Los libros mueren cuando ya no se usan y se apartan en cualquier rincón de una habitación, emiten un olor especial cuando se pudren, pero con diferencia. Los libros de Uldis despiertan a la vida cuando un presidiario lo abre y lee sus páginas, cuando de cada vez va pasando sus hojas y dejan escapar ese olor a papel, a la humedad que el tiempo les ha regalado. Es el caso de la biblioteca de Uldis. En este lugar todo está en perfecto orden, y cada libro en su sitio apretujado uno contra otro celosamente cuidado por su guardián los personajes que en ellos se encierran agradecen la libertad de vez en cuando. La libertad, es un sue?o de la Humanidad.

En una pequeña mesa hay tres grupos de periódicos, entre los que se encuentra las ediciones diarias de Diena y unos cuántos más en ruso. Le pregunto a Uldis que es lo que más leen los visitantes a este santuario y me contesta breve y conciso: novelas de detectives.
Posiblemente porque la visita es corta y demasiado rápida la búsqueda de historias, este buen bibliotecario no puede contestarme a todas aquellas preguntas que me gustaría hacerle. Sobre todo las que más le preocupan a los encargados de las bibliotecas. ¿qué libros necesita para completar su biblioteca? Algunos, me dice, en clara subyugación por la atenta mirada y presencia de los dos oficiales que supervisan mi visita. A muchos de los presos les cohibe hablar con un uniforme delante, y no les deja ser libre de contestarme como quisieran. Pero leo los ojos de Uldis y entiendo su cómplice sonrisa. Desde aquí hará una petición a todos aquellos fuera de estos muros que quieran enviar libros a Uldis. Se lo agradecerán.

Cerca de la biblioteca hay otra pequeña habitación donde Juris Stanislakis calceta guantes de lana y calcetines. "Son para enviar a una institución" asegura. De entre las mangas de su jersey aparecen tatuajes de momentos de su vida. Sobre un rincón de la mesa hay una Biblia en ruso y algunos otros papeles. Juris me dice unas palabras con la mano sobre ella. Creo entenderle que se refiere a algo que está en ese libro, que tiene que ver con el sentido de la vida para muchos humanos.
Mis guantes de lana de llama del Perú, regalo de mi amiga Linda de Goteborg, están rotos, le salen los dedos por las puntas. Le pregunto a Juris si puede calcetarme un par y pagar su trabajo. ¿Cuándo vienes? me pregunta sonriendo, supongo que cuando consiga otro permiso y me dejen venir, le aseguro, "pues cuando vengas tendrás un par nuevo para este invierno. Déjame ver tus manos". Y puse mi mano sobre la suya para calcular la talla. Son más pequeñas que las tuyas, le dije, y soltó una carcajada.

Dzintars es vecino de Juris y trabaja realizando dibujos. En el aire de su estudio se respira creatividad. Me llama la atención un dibujo a acuarela que tiene colgado en la puerta. ¿Cuánto tiempo te lleva hacer este magnífico trabajo amigo mío?.

-Unos dos d?as.

Escaneo con la mirada en un ángulo de 360 grados la pequeña habitación del artista y voy descubriendo obras que cuelgan aquí y allá. Me llama poderosamente la atención la calidad y el trazado de cada dibujo y la tranquilidad de las líneas. Postales de navidad que huelen a tinta fresca y preparadas para ser enviadas a diferentes destinatarios. La que tengo en mis manos todavía no está coloreada y le pido a Dzintars que si no tiene dueño nos la puede enviar a la redacción del periódico. Ya muy pocas personas envían postales y cartas, y los clásicos que todavía se resisten a ser devorados por el moderno monstruo de comunicación, el poderoso y eficaz internet, continúan confiando en los carteros y utilizando el maravilloso sistema de envío de postales por correo.

En esta prisión donde el tiempo es una rutina diaria y un reloj de arena sin fin, el sosiego y los horarios ayudan a ir creando obras maravillosas como la que se puede ver en la capilla ortodoxa Pareizticiga stila a la que nadie o muy pocos van a orar en la actualidad. La pintó un preso profesional que ahora ya está gozando de la libertad, me parece que está en San Petersburgo, me dice Vladimir el oficial. Ainara y Harijs posan para la foto.

Son las 12.30

En el comedor de la prisión hay una treintena de reclusos que almuerzan el menú del día: sopa y un plato más. No hay menú para elegir. Anatolijs Sabalanskis corta pan en rebanadas y le hago una foto a través de una pequeña ventana.  

Piano a una mano y un dedo

Camin?bamos hacia algún lugar y escuchó música de piano, ¿de dónde viene esa música? pregunté a Gita, "no tengo ni idea" me dijo, podemos ir a comprobarlo. En una peqña habitación Manis toca el piano utilizando todos los dedos de la mano derecha y uno de la izquierda. ¿Un preso que toca muy bien el piano me ense?? y cuando puedo vengo a practicar?, pero me gustaría tener un profesor para aprender más y tocarlo mucho mejor.

"Te quedan veinte minutos para estar aqu" me comunica Vladimir "porque mi turno de trabajo termina a las cuatro". Me apresuro a decirle que no tengo el reportaje terminado y que necesito quedarme allí a dormir o volver otro día. El jefe Valdis me concede la libertad de poder regresar ma?ana a las 07.30. Le digo Ok, perfecto mañana regreso.
Había hecho una promesa a Ivanovs de enviarle a su madre las fotos pero prefiero llevárselas personalmente mañana y en Elkor de Brivibas iela Artjons me imprime trece en tamaño 10x15.


3 de diciembre
07.18 Estación Central Riga

He quedado con Gita para ir en el mismo tren a la prisión. La tarjeta de mi cajero no funciona y ella me paga el billete. A las 08.00 el personal que entra en el turno de trabajo va llegando y entre ellos Viestart el litenient que se iré a la Academia a seguir estudiando para oficial de prisiones.
Hoy toca visita a un pabellón de reclusos especiales, "los que no pueden estar con los que visitaste ayer" me dice Viestart, porque estos tienen otro comportamiento y no los podemos juntar con los demás. Aqu? están unas semanas y si muestran un cambio de integración los llevamos al otro lado.

En la celda que visito hay dos presos, uno más joven y que escribe en unos papeles y Vladimir que descansa después de haber terminado el trabajo de limpieza de los pasillos. Las celdas en esta zona son más pequeñas y los presos conviven en un espacio muy reducido. Una ducha, un pequeño espejo, una litera con dos camas de colchón duro (me sentí en ella para hablar con Vladimir), un lavabo, una mesa, unas gafas y las novelas de detectives de Vladimir, que son las que matan el tiempo poco a poco como a los personajes que aparecen en ellas. No tengo un escritor favorito pero me gustan las de detectives.  Dime como es la comida en este lugar, quiero que te sientas libre de decirme de contarmelo, ya sé que no es ningún restaurante de lujo, pero que dice tu estómago. "Podría comerse mejor". Viestart el oficial observa atentamente y quizá Vladimir no suelta mucho más de lo que quisiera ante su presencia. Quiero entender que no se reprime a los presos por la sencilla razón de que la comida no es buena. Está en su derecho de protestar.

Los guardias que van de un lado a otro por los estrechos pasillos llevan en su mano un manojo de grandes llaves.

En uno de los grandes dormitorios donde conviven una veintena de presos Vadim juega a policías y ladrones en su pequeño monitor de TV. En el juego, el coche de Vadim, de color amarillo, es perseguido por el de la policía. Tengo la sensación de que no lo domina demasiado, en las películas americanas es distinto. La persecución termina cuando su Chevrolet choca repetidas veces contra otros automóviles. La policía venía pisándole los talones muy de cerca y Vadim choca finalmente frontalmente y vuelca. Su coche arde en llamas. Game over. Ha terminado el juego.

La cruda realidad. Desconozco las razones de porqué está en la prisión. No me interesa por la sencilla razón de que cada alma de este lugar tiene su vida en el pasado y que cada cuál debe pagar por lo que hace. Si le preguntase a cada uno acerca de sus vidas podría terminar escribiendo un libro o sentirme demasiado influenciado hasta el punto de dejarlo todo e irme por donde vine.

"Estoy aquí por culpa de mis padres, ellos son los culpables y también las malas compañías con las que me junté" confiesa Girts mientras hablamos sentados al borde de su cama.

Fotografío a Aleksejs, Rolurts, Anatoljs y Dzintars en el pasillo del dormitorio. Uno de ellos me pregunta porqué estoy aquí sin que me tiemblen las piernas, sin miedo a ellos, hablándoles directamente a los ojos, como lo hacen los hombres, cara a cara.

-Me vas a matar? le pregunto. (Sonrisas)

Y comenzó una charla allí mismo, bajo la luz de una lámpara, con la atenta mirada de los demás, y entendí que aquellos eran los hijos de una sociedad devastada por una dictadura, y que los había abandonado en un momento de la vida a su suerte, al amparo de las sombras de la delincuencia, de barrios marginales, de días grises, de padres drogadictos, ladrones, prostitutas de gente, que no nací en una cuna con sábanas de algodón, que en definitiva como en otos lugares de este maldito planeta son el producto de una sociedad que agobia, maltrata y reduce a la mínina expresión a todos aquellos que no comulgan con su sistema establecido.

Después de aquel encuentro (y delante del oficial) le prometí a mis interlocutores regresar a la prisión y hablarles de fotografía. El joven oficial Viestart confirmó que en enero haríamos el seminario. Me gustaría comprometer a otros fotógrafos y que enseñarín sus trabajos, que pasaran una hora con los reclusos.

Al salir Viestart me dijo: "les digo a mis amigos que estoy estudiando para trabajar en la prisión, y se asombran deq ue quiero trabajar aquí" me pide que que lo escriba. Hay mucho desconocimiento acerca de lo que es una prisión y de cómo debería funcionar.

Guntis el camionero que mató a una familia
No quiere hablar delante de un uniforme. Viestart se va a fumar un cigarro a unae esquina, entiende la situación. Aquello que me ocurrió [el accidente] fue en una carretera y murió una familia. Ocurrióp y punto.  [No da más detalles, ni yo quiero saberlo] ?l dice que no tuvo la culpa ni se siente culpable después de 16 años del suceso, pero el tribunal lo envió a prisión. Le quedan pocos meses para sentir la libertad y espera ansioso volver a coger el volante de su camión y viajar a Ukrania y allí donde sus negocios se lo pida.

Gints es el chef de la cocina de la prisión, y con él ese día están Vilmars y Janis, que remueve las verduras de lo que será la sopa que nos comeremos a las 12 del mediodía. Gints explica lo que está cocinando con la finura y exquisitez de un chef de hotel. "Tiene estilo" me dice Viestart.
A las 12, al igual que lo hiciera el Ministro de Justicia hace semanas probamos el menú del día consistente en sopa de verduras con patatas y un plato parecido a un puré. Nos lo comemos. O sea se puede comer. Pero algunos presos me hicieron llegar sus protestas por la poca variedad del menú. ¿Y la fruta? Algunas veces, no siempre, me dice con cierta pena. Los prisioneros que trabajan en la cocina viven en un dormitorio aparte y les hacemos una visita. Todos hacen una formación al lado de las camas respectivas pero les pido que mejor una foto de grupo, no vaya a parecer que esto es un recinto militar, les digo.

Cerca del dormitorio del equipo de cocina está la casa del equipo de bomberos. Un gatito sobre una cama, un poster de Ronaldo entre rejas, una esquina con una luz tenúe donde hay tazas y platos y un dormitorio con literas y dos camas. El corte de pelo de los bomberos allí presentes es casi al cero. Me dicen que no hay demasiados incendios, que todo está bajo control. Los bomberos como los cocineros forman una clase social a parte dentro del sistema social de la prisi?n. No son privilegiados pero se nota cierta diferencia con los otros presos, o por lo menos a mí me lo pareció. Quizá porque para estos puestos de responsabilidad se requiere gente con máss preparación y máss recursos.

Sala de mantenimiento
Hospital
La prisión también tiene un lugar donde los presos pueden estar con su familia hasta dos días completos, sin ningún tipo de vigilancia interior, con cocina y duchas y lo pueden hacer hasta seis veces por año. También se les puede denegar si cometen alguna falta grave de comportamiento. Las habitaciones tiene dos camas separadas que algunos unen para formar una sola de matrimonio y otra más pequeña por sí se da el caso de que se tengan niños pequeños.
Las prisiones no deben ser lugares de penitencia, ni tampoco hoteles de lujo, pero sí espacios donde al prisionero encontrado culpable por la Justicia se le brinde una segunda oportunidad para integrarse en la sociedad y participar del sistema. Los programas de reintegración de los reclusos deben seguir pautas científicas y no represivas. Aquí tenemos por lo menos quince reclusos que dicen estar en una verdadera familia porque fuera de aquí no la tienen. En este edificio de cuarenta a?os ofrecemos tres comidas, una biblioteca, gimnasio, una cama, y la oportunidad de poder hacer algo, no mucho porque no tenemos la ayuda financiera que quisi?ramos para llevar adelante un programa de reinserción. Otros países las tienen y nosotros no vamos a ser menos. Quiz? con ayuda de la EU esto pueda hacerse una realidad.

Las prisiones están llenas de individuos que en su dÍa cometieron un crimen, un error humano, posiblemente catastrÓfico.

Cuando alguien comete un crimen, del tipo que sea, detrás de ello hay una historia personal en la que intervienen diversos factores, entre otros, como los psicológicos, familiares, ambientales, que determinan el comportamiento y la actitud del individuo. Si la sociedad recrimina una y otra vez con las indiferencias sociales y no los ayuda con soluciones, estos individuos caerín una y otra vez en la misma trampa de cometer uno y otros crímenes.

Hay soluciones?, por supuesto que las hay: La propia sociedad y el sistema tiene los recursos sufiueientes para ayudarles a conseguir un camino o por lo menos ofrecerles la oportunidad de saber que hay otros mundos diferentes a los que se criaron y que no han visto desde que nacieron. Para ellos la ley de la calle es la que manda y en los ambientes delictivos la ley del más fuerte es la que impone.

Mi visita a la prisión terminó, "pero el jefe quiere verte antes de irte", me dice Viestart. Y Valdis, el jefe me preguntó acerca de mi impresión sobre mi experiencia. Fui sincero. Respecto a otras prisiones en las que realicé visitas de trabajo, esta me había causado buena impresión. Quizá es un edificio antiguo, pero creo que lo importante es lo que pasa en el interior, como la gente se busca la vida. En esos dos días conocí tipos interesantes que llevan años encerrados, que me hablaron muy abiertamente de sus vidas hasta donde quisieron y que posiblemente si se revisasen sus casos muchos estarían más que preparados para una integración pausada en la sociedad. Han pagado con su privación de libertad el supuesto daño que han hecho a otros y eso es de reconsiderar. La justicia en todos los países es lenta y el tiempo decide.
notebooks
Si hay un dios en alguna parte  de esta planeta o del profundo universo debería hacerse cargo de sus hijos que tiene desamparados y a merced de las circunstancias. Los prisioneros de ésta cárcel son los hijos habidos de un sistema dictatorial, y ahora como otros muchos en cualquier país del mundo padecen las consecuencias de una gestión deshumanizada. La prisión de Skirotavas cietums es un barrio a aparte dentro de la ciudad de Riga. Aquí pocos vienen a interesarse por lo que sucede dentro. A otros muy pocos fuera de estos muros les preocupa si los seres humanos con piernas, brazos y cerebro están bien o necesitan libros, un recital de poes
ia o una sesi?n de terapia de grupo.
Hijos de un dios menor
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